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  • Adolfo Ferreiro

Don Gregorio soñaba lo posible


Por Adolfo Ferreiro

Profesor universitario, abogado, sociólogo de la cultura y diplomático de valía, don Gregorio Recondo se desempeñó con la lucidez, tenacidad y entusiasmo, durante algunos años, en la Embajada argentina en Paraguay. Me hizo ver la relación de vecindad entre formoseños y paraguayos, de manera comprensiva, integradora de la policromía implícita, a que obliga cualquier aproximación desde la perspectiva o aspecto que se quiera. Lo extraordinario en don Gregorio fue que, siendo agudo y sofisticado intelectual, un filósofo, abordó su trabajo desde la función práctica de su misión diplomática. Lo recuerdo luchando, a brazo partido, para facilitar a la gente de la frontera cosas aparentemente banales, como los trámites del paso fronterizo de los pequeños traficantes de latas de aceite o de niños que todos días van a la escuela en Clorinda pero que moran en “Puerto Elsa”, esa otra orilla del comercio irregular de mercancías, servicios y política, donde casi todo habitante vive del contrabando hormiga y del no tan, o hasta ese del negocio pesado del tráfico de “substancias prohibidas”, eufemismo que me recuerda aquello de “pensamientos prohibidos” del cura prefecto en la escuela o del comisario político durante la dictadura.

La manera creativa de don Gregorio para abordar la convivencia fue dejar un tanto de lado eso de gestionar todo, lo chico y lo grande, lo dulce y lo hediondo, en los recónditos pasillos, salas y despachos que habitan las burocracias de la diplomacia. El buscó tratar, coordinar, promover el entendimiento y solucionar los problemas, en el fecundo cuchicheo con las autoridades locales y con los habitantes comunes, protagonistas del día a día. Para eso dedicó sus horas de paciente esfuerzo a los “comités de frontera”. No disimulaba su orgullo y satisfacción porque funcionaban. No sé si siguen haciéndolo o son cosa del pasado.

¿Por qué hablo tan largo de esto? Entre otras cosas, porque me dejo llevar por el impulso de recordar, rendir mi pequeño tributo al amigo, querido y admirado, que ya no está entre nosotros. Pero también para decir que las relaciones entre la provincia de Formosa y las zonas tan diversas del Paraguay, entre ellas su capital, con las que limita y convive, constituye el desafío aún incumplido de una relación productiva y reproductiva en todos los aspectos de la variada vida colectiva de los pueblos, sobre todo cuando estos vecinos somos parientes que migramos de un lado al otro desde el comienzo de la historia. Don Gregorio, un rioplatense con todas las de la ley, alguna vez me dijo que los formoseños se parecen más a los paraguayos que estos a sí mismos.

¿Qué hace sentir a muchos paraguayos estar lejos de la provincia? Tal vez la asimetría entre nuestras economías, modelos de Estado y sociedades. Sin embargo, cuando palpamos el alma encallecida de los postergados, ahí donde no llegó eso que admiramos de la Argentina, como su grandiosa educación pública, la conciencia política, la riqueza del idioma, la variedad de su cultura, vemos que estamos muy unidos por lo que nos falta. Tuve, hace décadas, la oportunidad de venir en ferrocarril desde La Paz hasta Formosa, desde el altiplano hasta el manso río. Fue una experiencia que cambió mi modo de ver nuestro mundo. De Bolivia del altiplano, lejana, diferente a más no poder, doliente de una manera inconcebible en su fría aridez en un extremo del viaje, al Paraguay subtropical, verde, fértil, húmedo, cálido las más de las veces. Lo imborrable del viaje, fue la experiencia de la provincia de Formosa, “tan boliviana” saliendo de Embarcación y “tan paraguaya” al fin del viaje. Eso sí, con la presencia silenciosa pero notoria de los pueblos indígenas que, desde su humildad, mezcla de sometimiento y prudencia, aguardan dar el salto para hacer realidad la convocante igualdad de oportunidades por siglos demorada. Formosa, un puente con personalidad propia y sólidos vínculos con todo lo que la rodea.

En fin, don Gregorio soñó y pensó “la patria grande”. Escribió libros y dictó conferencias sobre esa idea, pero lo grande de él fue que cuando pudo ayudar concretamente, entendió que establecer lazos prácticos, por pequeños que fueren, para acercar a los de ambas orillas, para hacer su cotidianidad menos penosa, es tan o más importante que elucubrar un enjundioso tratado internacional. En otras palabras, fue un intelectual y político admirable.

Entonces, qué hacer. Mucho y difícil. Tenemos identidad regional nutrida histórica y culturalmente, que es lo más importante. Tenemos ríos en común, que marcan nuestros límites políticos, pero por los que fluye gran parte de lo que hoy nos da vida y que es el escenario propicio para el gran desarrollo compartido, como porción de esa integración tan querida, pero hasta hoy tan lenta. Tal vez debamos trabajar en potenciar, mutuamente apuntalados, el desarrollo económico e institucional, precarios y atrasados en las dos orillas. También potenciar la cultura que compartimos en la región y en el Río de la plata, para que sólidamente integrados, podamos ser parte del fascinante y difícil mundo que nos rodea.

Así habremos puesto nuestro esfuerzo y contribución, lo que haría la felicidad de don Gregorio Recondo