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  • Adolfo Ferreiro

Nueva política, nuevo periodismo

Actualizado: may 13



Por Adolfo Ferreiro "Ex senador, abogado y escritor".




Con algunas variaciones hasta no hace mucho, la política producía los hechos y el periodismo informaba sobre ellos, los analizaba y calificaba. En materia política, de una manera casi exclusiva, la formación de ideas, la organización de las masas, la agitación, la propaganda, el desarrollo y promoción de propuestas y programas, el liderazgo, la conquista del poder público, la sedición, la paz o la guerra civil, se originaban en la política, más específicamente en sus organismos típicos: los partidos y movimientos.

Aunque este modesto ensayo se basa en lo que ocurre en Paraguay, no creo que lo observado ocurra sólo en “el corazón de la América India”, como a veces nos decimos.

El fenómeno podría describirse, generalizando, que vivimos el desplazamiento de funciones y atribuciones clásicamente propias de la política, hacia otras instituciones de la vida social, sin percatarnos que ese proceso, que no quiero calificar de bueno o malo, afecta severamente la institucionalidad republicana, democrática representativa y al Estado de derecho. Incluso va más allá del enunciado de lo principal, porque afecta la secularidad, la sociedad que quiere ser abierta, plural, libre, tolerante y solidaria.

En estos días vemos un Paraguay convulsionado por protestas, denuncias y propuestas de las más variadas, contra la gestión gubernamental en la pandemia, la corrupción que tiene extensión ilimitada y profundidad insondable, bajo el grito que sintetiza la variedad: “que se vayan todos”, comenzando por el presidente de la República y el vice. El todos, nadie dice a quiénes y a cuántos abarca en el extenso contingente de funcionarios públicos electos o nombrados. Menos quién tendría el poder, la fuerza, para hacerlo y cómo los reemplazaría, para que el Estado funcione. Tampoco, que haría, en términos de gestión, ese “nuevo régimen”. De cuál sería su marco institucional, no se habla.

Las manifestaciones de unos miles de personas, a veces pacíficas, algunas violentas de baja intensidad, se mueven, entonan consigas, son presentadas por la prensa y el periodismo como “la ciudadanía” portadora del reclamo justo y de todas las esperanzas nobles y patrióticas, otra palabra “integradora” en boga. Acuden a convocatorias de acción y movilización, que se difunden por las redes y los medios, en su gran mayoría anónimas. Reniegan la presencia de partidos políticos, sus símbolos y líderes, pero exigen al Congreso que se haga lo que proponen. Piden cárcel, deportación, confiscación, inhabilitación, prohibición de concurrir a lugares públicos, para esa masa indeterminable de “corruptos”, sin ninguna precisión que permita pensarlas mínimamente viables. Hay también agravios al “partido colorado”, hegemónico desde hace un siglo, aunque los manifestantes son, en gran mayoría, del partido que repudian.

Pero, están ahí. No se sabe mucho a qué responden y parece que a nadie importe saber. No hay análisis, discusión ni advertencia alguna sobre lo que está ocurriendo. Los partidos no dicen nada crítico sobre lo que son ni lo que proponen. Por el contrario, se suman tímida y burocráticamente a complacer, con pocas posibilidades de éxito, lo de “que se vayan todos”. Proponen juicios políticos casi con la certeza de que no los habrá, no anuncian ni ofrecen nada para la eventualidad de que, como si “sin querer queriendo”, quede descabezado el Estado. La academia, la crítica política en los medios, en los ámbitos propios del pensar, ha desaparecido. El único escenario vivo, es el mediático. He ahí la cuestión. Dejó de ser el espacio de la confrontación libre, inteligente, equilibrada y propositiva, para tornar la herramienta de la agitación, de la acción política anti-política, valga la contradicción. Las principales figuras del periodismo son denostadores enfáticos del gobierno que, sin disimulo, buscan tumbar. Descalifican a las organizaciones políticas y apabullan cualquier expresión serena que busque un nivel de comprensión menos exaltado. Escuchar en los principales periódicos y emisoras radiales y televisivas, mentar a los gobernantes como hijos de puta, asesinos, ladrones, hurreros, o lo que sea, determina el estado anímico de muchas personas.

Es un fenómeno interesante, complejo e imprevisible. Puede decirse que los grandes medios corporativos ya no sólo influyen en la política, sino que la conducen. Agitan, movilizan, determinan la ideología vigente, demuelen o promueven liderazgos y esbozan, por ahora muy precariamente, el programa a desarrollarse en el eventual colapso de la institución gubernamental y estatal en general.

¿Quiénes ganan y quiénes pierden en esta convulsión? Es imposible pronosticarlo, sin caer en simplismos o, lo que es peor, sin que lo pronosticado no sea más que expresión de deseo. Ni siquiera puede aventurarse que ganan la prensa y el periodismo, porque la asunción de roles impropios los afecta en sus principales fortalezas: la independencia, la objetividad, la honestidad intelectual y la calidad del conocimiento que aportan a la sociedad. Es fácil oír a la gente decir que no cree en el periodista ni en la prensa, a los que perciben como jefes y líderes políticos, de última determinados en razón de su ideología e intereses de los grandes conglomerados a los que pertenecen.

También es prematuro y difícil pronosticar cómo reaccionará la política tradicional, la que tiene sus raíces en las más profundas tendencias formadoras, con sus luces y sus sombras, de la sociedad política americana. Es cierto que el mundo ha cambiado en cuanto a los paradigmas de lo político, pero es poco probable que tan largas y sólidas tradiciones acepten el salto en el vacío que ahora parece inevitable.

El desafío para el intelecto culto en la política, el periodismo, la prensa, las organizaciones civiles democráticas, etc., es trabajar con las herramientas culturales para entender, criticar y proponer con prudencia y racionalidad, porque las cosas como siempre cambiarán. Habrá nuevas formas de hacer periodismo, prensa y política de manera racional y continuadora de las grandes y sólidas tradiciones de la libertad, la democracia, la tolerancia y la República, para superar a las viejas “nuevas maneras” de proponer cambios que conducen a aberraciones, como ya lo vimos tantas veces.